Acaso la elección del título deba ser el tema central de esta presentación. ¿Por qué "el último Escipión"? Quizás por mis orígenes tarraconenses -puede que de ahí la ocurrencia-, pero esto sería lo anecdótico. Hay algo más que eso, algo que incide en la poliédrica percepción de la realidad que nos toca vivir en estos tiempos de sensación de final de un siglo que acaba de empezar.
El último Escipión conocido fue un romano republicano que le presentó batalla a un Julio César cuyas ambiciones totalitarias estaban por entonces ya muy claras. Tan claras que muchos romanos, la mayoría, le siguieron a ciegas. La derrota del último Escipión significó la definitiva entrada de Roma en una espiral que acabó con la república e instauró un régimen imperial en cuyos inicios se veían ya muy claros los síntomas de la enfermedad que la llevarían desde a caer en manos de una religión basada en el resentimiento, hasta su descomposición y caída final. Sólo la inercia del impetus originario de la república pudo mantener vivo un cuerpo que ya no recibió, a partir de entonces, nuevos impulsos.
Con frecuencia, con demasiada frecuencia, la libertad y la inteligencia sucumben entre aplausos y vítores a las cadenas y a la ramplonería. Luego, los mismos que las asesinaron organizan su recuerdo como un paraíso dorado perdido en la noche de los tiempos. Irrecuperable. Los míticos no-lugares cuya simple proximidad nos hemos esforzado siempre en evitar con una contumacia sólo explicable a partir de un miedo atávico a la libertad y a los descubrimientos de la inteligencia. Así ocurrió con el llamado siglo de Pericles, un periodo que abarca apenas treinta años de los más o menos mil que ocuparía el tiempo de la antigua Grecia. Pero que quedó allí, mitificado como el recuerdo imborrable de lo que fue y, también, de lo que hubiera podido ser.
Y así me temo que quedará también, más o menos, en el recuerdo de la historia, el periodo que tuvo sus momentos álgidos entre el final de la segunda guerra mundial y la caída del muro de Berlín, a cuyos últimos estertores estamos asistiendo en la actualidad. En los griegos hablábamos de treinta años entre mil -los que irían desde los tiempos míticos de los relatos homéricos hasta la destrucción de Corinto por los romanos. En nuestro caso serían los que empiezan con el Renacimieno, toman cuerpo con la Ilustración y llegarán hasta donde la agónica situación actual nos permita mantener viva su llama -una llama cada vez más a punto de extinguirse- después de haber vivido ya la época de máximo esplendor que podía dar de sí y que ya empieza a ser añorada, aún reciente, con la misma nostalgia que evocamos los paraísos soñados o los perdidos.
O puede que no. Nunca se sabe. Hoy, más que nunca, es absolutamente necesario reivindicar la irreductible libertad de la voluntad humana. Sólo la libertad puede salvarnos. Mejor: sólo en la libertad podemos encontrar nuestra redención como especie.
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